23.JUN Viernes, 2017
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Opinión

Te regalo la Mezquita Azul, Santa Sofía y el Museo de la Inocencia de Pamuk.

Mi querida Aziyadé:

Estambul es una preciosura y en ella pululan los hombres más bonitos de la Tierra. Llorarías un río como el Bósforo que navegué en una barcaza que cruzaba trabajadores volviendo a sus casas del lado asiático. Ayer pasé el día entero en el Gran Bazar, por la noche vi revirarse a los derviches giróvagos en Topkapi. Pero hoy subí en teleférico hasta un lugar de ensueño llamado Eyûp. Allá arriba se encuentra Pierre Loti’s Café desde cuyas terrazas puedes contemplar el atardecer en el Cuerno de Oro. Pero a Pierre Loti –uf, es una joyaza– tienes que leerlo para creerlo. Es como si metieras a Eielson, Salgari y Salinger en la licuadora. Mi añejo cicerone, el Sigfrid, me ha traído a un hotel garrapatiento, no solamente está en el Gamarra turco y todos los mercaderes rusos lo toman por asalto sino que, encima, tiene una mezquita al lado, motivo por el cual los SALAAMSALAAMSALAAAM en altoparlante (que te añaden tanta atmósfera) se vuelven infernales. Te despiertan a las seis en punto de la mañana. Sigfrid cree que ahorro es progreso y pretende hacerme comer kebabs en los agachaditos, día y noche. Y a mí, ni el sabor a pichi del cordero ni el sabor a quemado del aceite de carreta me vuelven loco, la verdad. Además, de puro austero, se niega a subir a un taxi, de modo que me toca ir asfixiándome en purísimo néctar de sobaco exótico en el tranvía. Felizmente, contra el bochorno y el mal humor, en cada esquina venden dondurma. Dondurma de maní, de granada, de pistacho, de ciruela ácida.

He descubierto con pena que juntos somos un par de viejecitas renegonas, uff, nunca más, lo juro. Sus canseras me rompen un poquito las pelotas, hemos tenido que separarnos por mutuo acuerdo desde el viernes en que me arrastró a un sucucho infecto de tracas del averno. Socorro. Dijimos: okey, antes de que nos peleemos, mejor… nos vemos solo a la hora de dormir, ¿ya? Solito viajo más bonito. Ya tengo 3 maletas llenas de especias, collares y sedas. Prepárate. Te llevaré oro, incienso y mirra.

Abrígate bien y perdóname esta carta tan bizantina.
P.D: Recuerda la palabra mágica: dondurma. Significa helados, obvio.

Tengo la sensación de haberme ido de Lima hace siglos. Por ratos, el viaje es increíble y me felicito de haber venido. Por ratos, asoman unas oleadas de cansancio sin razón o de esta cobardía de mi amor por ella y tengo ganas de cancelarlo todo y regresar mañana. Son las 2:40 de la mañana del viernes dos, o sea las 8:40 del jueves uno en Perú y es momento de informar que acabo de despachar(me) a mi primer levante barcelonés. (¿Recién?) Bueno, se quiso hacer el catalán, dijo ser marroquí y a la hora de los loros, era colombiano, lo cual nos permitió conversar acerca de temas tales como la nostalgia y la hermandad latinoamericana. En fin, bien dicen que la cabra tira al monte. Por lo menos, me di un gustavo, un par de horitas de sudaca alegría. Mañana es mi último día en Barcelona y la madrugada del tres parto a Berlín, donde me encontraré de nuevo con Antonio, que ha resultado ser un compañero de viaje de puta madre. Después, un tren a Praga –que en checo se escribe Praha–, luego de lo cual me toca seguir viaje solito de nuevo: avión a Roma para oír al Papa Maledicto y otro tren a Firenze para ver calato al David.

Mi año nuevo fue de terror. Jacky, mi famosa prima desconocida, me convenció de ir a una fiesta de 100 euros por chimba con derecho a ilimitadas botellas de cava de quinta. Los alegres concurrentes: tías y tíos base seis y para arriba. La música: mayonesa, meneíto, Macarena. Y para coronar: pasodobles, sevillanas y olé, gitanilla de vainilla. La hostia, tío. Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue que algo en la comida (¿las gambas, las alubias, los chipirones?) debió haber estado muy podrido porque comencé a experimentar los síntomas de la peste bubónica: estuve abrazado al water de 4 a.m. a 1 p.m. vomitando negro, vomitando el alma llanera como Linda Blair en el exorcista. No sabía que era humanamente posible vomitar de tan explosiva manera. De haberlo sabido, me hubiera ido al monte a tomar ayahuasca y por lo menos buitreaba con un propósito trascendental. Pese al dolor de sesos y de menudencias, quedé privado hasta las 8 p.m. y tras secarme 5 Gatorades al hilo, caí en la cuenta de que la prima me había dejado un mensaje con el conserje del edificio. Lo justo: también se envenenó y tuvo que irse a la emergencia dejando dicho que por favor esperara hasta que le dieran de alta porque, con el apuro, se había llevado las llaves. Velozmente empaqueté mis chivas, me enmochilé, chapé el primer metro y zafé culo. Mañana le mando turrón de alicante o de jijona, que también se escribe xixona.

No sé qué sentido tendrá que te cuente todo esto.

Ayer, en el periódico gratuito de Miami, vi un pequeño aviso que decía: LUCHE CONTRA EL SIDA EN ÁFRICA. Se necesita voluntarios. Períodos de 14 a 20 meses. Me llamó la atención y lo recorté. 14 a 20 meses. Interesante, porque para que me levanten la orden de captura faltan 15 meses. Es una oenegé que se llama Humana. Hoy los llamé. Me contestó Else Marie, una danesa muy chistosa. Me explicó cómo es la nuez: seis meses de entrenamiento en Berkshire Mountains, Massachussetts, a dos horas de Nueva York. De allí, en julio te asignan a uno de dos países del sur africano: Mozambique o Angola. Y, listo. Chau, pescau. Dejaste de existir. Todo el programa cuesta como tres lucas verdes incluyendo capacitación, pasajes, comida y alojamiento pero, en casos especiales como el mío –que soy un náufrago– la institución otorga becas. Oh, becas. Te dan 250 cocos al mes, que, según me dicen, es una fortuna allá. El hecho de que sea soltero maduro y reporterito de batalla me vuelve candidato preferencial. Y también, por supuesto, mi aceptable conocimiento del español, porque allá se habla portugués y se espera que lo aprenda más rápido que los anglos para luego poder irme en peque-peque a vivir a Manaus como Fitzcarraldo. La chamba consiste básicamente en instruir a jóvenes chinchanos de las aldeas más remotas sobre cómo cuidarse del sida. Ajá. Mira quién habla. Charlas, talleres, películas. Todo muy didáctico y súper caviar. Me he pasado la vida centrado en mi ombligo, acumulando objetos en desuso para los Traperos de Emaús, así que creo que ya es hora de servir de algo. El resto del tiempo lo tendré libre para dejar, por allí, como Tantor, alguna profunda huella en el barro rojo. ¿Oyes los tambores? Can you hear the drums, Fernando? Otra vez, el maldito llamado de la jungla. Es África, huevona, ¿te imaginas? ¿Te imaginas aquel sol, aquellos ríos, aquel morenaje esperándote agazapado en la espesura? Seré el más puto en Maputo, en Nairobi y en Luanda. Ese es el game plan. Murámonos felices en nuestra ley. Entonces, ¿qué dices?, ¿me voy solito o vienes conmigo?


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