23.JUN Viernes, 2017
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Opinión

Philipp Budeikin, joven ruso estudiante de Psicología, ideó la Ballena Azul y la disparó en la red social de su país, VKontakt, quizá inspirado en un libro, Nerve, y la película Un juego sin reglas.

Internet siempre albergó espacios de apoyo a potenciales suicidas. Mucho antes, a puro texto, en 1774, Las desventuras del joven Werther, que hizo famoso a Goethe, generó furor y, también, alrededor de 40 suicidios. Pero las redes sociales cambian las reglas de juego: más que daños reales, la sensación de inminencia, peligro, miedo y ubicuidad se hace muy intensa.

Un grupo de Whatsup creado por padres de chicos para el viaje de promoción. En un ejemplo de locura compartida, usual en esas asociaciones virtuales, corre la voz de que la mafia rusa ha encontrado un nuevo mercado para sus secuestros. Me preguntan qué hacer. Contratar a Liam Neeson, les contesto.

¿Verdad? Solo tiene que parecerlo. En las redes sociales, lo más radical se consolida —como los virus, cuya virulencia crece mientras más rápido circulan entre sus anfitriones—, se agitan los peores miedos y abundan respuestas disfuncionales.

Conversar cara a cara y analizar los contextos —sociológico (Rusia tiene la segunda tasa de suicidios por 100,000 habitantes en el mundo), histórico (fenómenos similares), probabilístico (los chicos peruanos no pintan como buen negocio para el mundo criminal), patológico (la depresión es una enfermedad)— permitiría un colchón de calma, pensamiento crítico y validación.

Y, sobre todo, enfrentar problemas más serios: ¿qué es una bolsa de viaje razonable, qué actitud tomar frente al licor, cuáles son señales de ideación suicida en un cuadro depresivo?


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