23.JUN Viernes, 2017
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Opinión

En su visita a Arabia Saudí, Donald Trump se dirigió a 50 líderes de países sunitas (la rama del islam compartida por casi el 90% de los musulmanes del mundo), promoviendo una alianza contra el régimen fundamentalista de Irán (la nación con más población chiita del mundo islámico), su aliada chiita Hezbollah –la organización guerrillera y política más poderosa del Líbano– y la dictadura alauita de Al-Assad en Siria.

Trump, a diferencia de Obama, se decanta por un bando del islam sobre el otro, sin importarle que en esa alianza se encuentran regímenes con visiones fundamentalistas islámicas muy retrógradas como el wahabismo (o salafismo) fundada en la propia Arabia en el siglo XVIII. Se marchó Trump y esa alianza se descalabró al poco tiempo cuando, recientemente, Las Maldivas, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Yemen, Libia y los saudís rompieron relaciones con Qatar acusando a ese país de “apoyar al terrorismo”.

¿Por qué, repentinamente, se convierte Qatar en “el camello negro” de la familia sunita? ¿Por albergar a miembros de La Hermandad Musulmana, un grupo islamista fundado en Egipto en 1928? No parece una excusa creíble pues este grupo no representa un peligro para las monarquías del golfo Pérsico desde que fue derrocado del poder en Egipto por la actual dictadura del general Al-Sisi.
¿Se dio esta crisis por la ira de países árabes sunitas de las relaciones ambivalentes de Qatar de participar en un proyecto petrolero de gran envergadura con Irán, o por hartazgo de Arabia Saudí por las políticas independientes del reino qatarí que la desafían como la potencia sunita en la zona? ¿Estará involucrada la administración Trump en este conflicto?

Abundan las preguntas y las especulaciones pero aún no las explicaciones.


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