23.JUN Viernes, 2017
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Columna Mariana Alegre

Es de nunca acabar. La defensa de nuestra ciudad y nuestros espacios públicos no termina. Si no es una propuesta de obra absurda es un parque que se quiere privatizar. Si no es una piscina “pública” que te cobra por clases de natación –de la mano de una academia– es una playa que nos quieren arrebatar. El proyecto del muelle Ana María en la playa Los Yuyos en Barranco es otro ejemplo de todo lo que funciona mal cuando no se comprende que la ciudad es un bien público.

Esta semana se conmemoró el Día Mundial del Ambiente y en el Perú no encontraron mejor forma de celebrarlo que reduciendo los estándares de calidad del aire (ECA) para que nosotros, los ciudadanos, respiremos peor que antes. Lo irónico es que fue el Ministerio del Ambiente, la entidad que debe proteger nuestros ecosistemas y recursos, quien promovió la flexibilización. Esto resulta tan contradictorio como que una marca de leche venda productos que no tienen leche. Pura trafa.

A veces resulta difícil elegir un tema para escribir esta columna, pues ocurren muchos incidentes en pocos días. Lamentablemente, no suelen ser hechos positivos y nos dejan con la sensación de que nunca avanzamos y, al contrario, retrocedemos. Por un lado, la lucha ciudadana regresa a las playas. Esta vez toca defender a Los Yuyos, una de las pocas playas que aún quedan en la Costa Verde. Los vecinos y el colectivo Costa Verde de Todos iniciaron una oposición que busca preservar la línea costera de las interferencias causadas por un futuro muelle (privado, por supuesto).

Una investigación reciente publicada por el Instituto de Defensa Legal (IDL), cuyo título he tomado prestado para esta columna, analiza de manera comparada la delincuencia y violencia en los barrios El Pino y San Cosme del distrito de La Victoria. Arturo Huay-talla, el autor, encuentra varios elementos útiles para la comprensión de la configuración y el establecimiento del delito en zonas específicas de la ciudad. Plantea el análisis del barrio, sus características y entorno como unidad clave para comprender por qué una zona es más violenta que otra. Además, confirma que, a mayor confianza, cohesión social, así como a mayor organización y relaciones entre vecinos, la actividad delictiva se reduce.

Las buenas ciudades son vibrantes y nos ofrecen servicios urbanos que hacen que nuestra calidad de vida sea positiva. Sin embargo, un aspecto usualmente olvidado por las autoridades locales es la salud de sus propios vecinos. Si bien la responsabilidad de la salud pública se encuentra principalmente en el gobierno nacional, los municipios también deben hacer mucho para que sus ciudadanos se mantengan sanos.

Mi abuelo, el escritor Manuel Scorza, murió en un accidente de avión en 1983, cuando yo tenía menos de tres años. De él solo tengo recuerdos de las historias que me han contado y una escena reconstruida que involucra a los columpios del Rancho. También, cada cierto tiempo cuando rebuscábamos en las cajas de recuerdos, aparecían algunas fotos de los restos del accidente, fotos de mi mamá y su hermano parados entre cenizas y objetos quemados cuando fueron a Madrid a recogerlo. Siempre me dijeron que él traía para mí –su única nieta– unas muñecas en ese vuelo que nunca llegó. Mi mamá y mi tía me contaron de distintas formas sus duelos que aún, casi 35 años después, les siguen doliendo. También he crecido escuchando la historia de otro accidente de avión, esta vez en Pucallpa en 1971, donde muriera un tío de mi madre y otros familiares. Fue un día antes de Navidad. ¿Se imaginan el dolor de esa Navidad y de todas las siguientes?

Cuando hablamos de planificación urbana y, en general, de ciudades, inmediatamente pensamos en la capital y en otras ciudades importantes del país como Arequipa o Trujillo. Pensamos en el tráfico, en la contaminación y en la inseguridad. Recordamos la intensidad con la que se vive en ellas. La rapidez, el estrés y el mal humor son atributos y emociones propios de la vida en la ciudad.

Cada vez que alguna persona se entera que trabajo en Lima Cómo Vamos inmediatamente me pregunta “¿y cómo vamos?” con una sonrisa y quizá algo de esperanza en que le conteste que vamos bien. Normalmente yo respondo: “Depende”, y mis respuestas tratan de ser positivas, señalando los temas en los que sí vamos mejorando y apuntando al rol importantísimo del ciudadano en hacer que su ciudad sea un lugar mejor, a pesar de todo. Esta semana hemos presentado la séptima encuesta de Lima Cómo Vamos que por primera vez incluye al Callao y aunque hay varios aspectos en los que sí mejoramos, en general se percibe una sensación de poco cambio.

El escándalo de los paraderos de los Corredores Complementarios mal diseñados y pésimamente ubicados compartido en medios y en redes sociales esta semana demuestra, una vez más, que nuestra capital está hecha al champazo. Ahí donde a algún iluminado se le ocurre poner algo, ahí se pone. No importa si es un paradero, un supermercado reemplazando un parque o un by-pass. Parece que la ciudad se construye a partir de un mapa impreso apoyado en una mesa y el dedo índice de la autoridad señalando un punto en el mismo acompañado de la expresión: “Aquí quiero que vaya [inserte usted la obra absurda de su preferencia]”. No hay ninguna consideración por el contexto urbano, por los usuarios del espacio, por las actividades que ahí se realizan, por los niveles de (in) seguridad. Nada importa. Solo las ganas de mostrar obras. No importa que estén mal hechas o que nunca se terminen, lo importante es hacer la finta.

Las calles de Lima colapsan y los conductores se ponen cada vez más furiosos. Entre pitazos de las bocinas e insultos a través de las ventanas, algunos se toman el tiempo de subir una foto de su desdicha y compartir su pesar en las redes sociales. Da igual si eres un conductor o un pasajero, si estás en una camioneta o en una combi destartalada o si eres un peatón aterrado queriendo cruzar una calle. Ya sea que estén atrapados en Huachipa, en el Centro de Lima, en la Av. Nicolás Ayllón o en la Javier Prado, el caos de las pistas nos afecta a todos por igual.

Con cinco años y toda la vida por delante, él estaría pensando en el helado que quería comerse por la tarde o en ir a jugar con sus amigos del barrio. Sin embargo, ni él ni su mamá imaginaron que no llegaría a cumplir los seis años, pues su vida le sería arrebatada en un horrible e innecesario “accidente” de tránsito. Roland Guevara fue el culpable de su muerte.

Un amigo mío publicó en su cuenta en Facebook que en los foros de agentes inmobiliarios –cuando los huaicos estaban en plena caída– ya estaban generándose debates acerca de cuánto más barato sería comprar una propiedad en zonas de riesgo. Como aves carroñeras sobre el animal muerto, el debate incluía el cálculo del valor de reventa de una propiedad hoy devaluada, pero que subiría de precio cuando todo esto quede en el olvido. Aquellos que estaban dispuestos a hacer la transacción no tendrían escrúpulos en vender el terreno o casa a una nueva familia. Si fueran honestos, sus anuncios en las páginas de venta serían así: “Oportunidad. Linda casa campestre con vista al río y riesgo de caída de huaico”. Al fin y al cabo, lo que están vendiendo es vulnerabilidad disfrazada del sueño de la casa propia. Esto tiene que estar prohibido, además de penado.

“Roba pero hace obra” es el lema que grafica un estilo de hacer política carente de valores y vocación de servicio que prioriza el beneficio individual por encima del bien común. Lamentablemente, es un estilo aplaudido por muchos ciudadanos, quienes, de manera pragmática, se enfocan solo en sí mismos sin pensar en los demás ni tampoco en el futuro. Este estilo de gobierno es el que nos trae consigo las graves consecuencias de las lluvias extremas y de los fenómenos meteorológicos potenciados por los efectos del cambio climático. Presupuestos públicos destinados a prevención y riesgos no han sido ni siquiera ejecutados. Obras públicas que no resisten a la naturaleza porque tampoco resisten el pago de la “comisión” que afectará la seguridad de los ciudadanos.

Una de las características que hacen la diferencia entre algunos países de Latinoamérica es la estructuración de una red de ciudades que se complementan entre sí. En particular, este es el caso de Colombia, cuyo proceso de descentralización le permite tener varias ciudades grandes y, relativamente, autónomas. En el lado opuesto, el Perú concentra en Lima no solo la mayor parte de su población, sino también de su PBI y las demás ciudades “grandes” no lo son tanto, en comparación.

El otro día, mi hija de seis años me preguntó si ya se le iban a caer los dientes. Ella estaba preocupada, pues no sabía si le iba a gustar verse así y tenía miedo de que alguien la moleste. Le explicamos que todos pasamos por eso y que no tiene nada de que preocuparse. Pero, ¿qué pasa si el miedo no es por un diente caído, sino por el color de su piel, por alguna discapacidad física o quizá por su identidad de género? ¿Se imaginan el miedo que un niño o adolescente puede sentir al saberse diferente? ¿Por qué algunas personas se niegan a que nos enseñen –desde pequeños– que no debemos discriminar ni fastidiar a nadie? ¿Por qué no quieren darnos las herramientas para defendernos cuando algo así pase?

Muy a su estilo, el municipio de Chorrillos colocó carteles que dicen lo siguiente: “La urbanización La Encantada, Las Brisas de Villa, Huertos de Villa y San Juan Bautista se encuentran en Chorrillos, quien se crea Surcano puede vender su predio y comprar en Surco para cumplir su deseo”. El mensaje alude a un problema limítrofe entre Chorrillos y Surco por las áreas mencionadas que está, hasta donde tengo entendido, en la vía judicial.

Un nuevo accidente de tránsito producto de una ilegal carrera entre autos dejó dos heridos graves la madrugada del 17 de febrero. Los populares piques ilegales suelen programarse cada jueves en distintas zonas de la ciudad, siendo las favoritas la Av. Javier Prado, la Av. Separadora Industrial y la Costa Verde. Además del ruido de los motores, la contaminación y la velocidad, parece que parte del chongo es que –de cuando en cuando– alguno de sus compañeros acabe en el hospital o que todos vayan en mancha al velorio de uno de ellos.

Hace unas semanas nos escribieron a Lima Cómo Vamos alertándonos del estado del Morro Solar, el deterioro de la zona protegida y el agresivo crecimiento de la urbanización informal en dicha área. Cabe señalar que el Morro Solar es Patrimonio Cultural de la Nación desde 1986 por ser el lugar donde ocurrió la Batalla de San Juan y Chorrillos durante la Guerra del Pacífico.

Los peruanos nos hemos acostumbrado a que nuestras autoridades busquen su provecho personal y no sirvan a su país. La vocación de servicio es una ilusión que se acaba tan rápido como se revienta un globo en manos de un niño pequeño. El fortalecimiento del Estado, la institucionalización, la rendición de cuentas y la transparencia son procesos que se han mostrado inservibles en una estructura de gobierno que solo es una máquina para desviar dinero.

Desde hace semanas el exceso de lluvia llenó los ríos y activó las quebradas tanto en Lima como en el resto del país. Esto, sumado a la descontrolada urbanización, la construcción informal y la poca inversión en prevención y gestión de desastres, generó las usuales escenas de lodo, gritos, pérdidas económicas y desgracias familiares que cada enero nos muestran los programas de noticias.

No es ningún secreto que Lima y Callao conforman una sola área metropolitana. Tampoco es ningún secreto que implementar políticas urbanas coordinadas e integradas entre ambas jurisdicciones es casi imposible. O no se ponen de acuerdo o promueven acciones contrarias, perjudicándose la una a la otra, pero –quizá sin darse cuenta– metiéndose cabe a sí mismas. Esto es aún más grave, ya que en ellas habitan más de 10 millones de personas y se habrían convertido en una megaciudad sin darse por enteradas. Evidentemente, su desarrollo no podrá ser exitoso de no articular una estrategia de planificación y gestión conjunta que, hasta el momento, no parece importarles.

Lima guarda papelitos y pedazos de cartón. Los va a reciclar, nos dice cuando le preguntamos. Lima es creativa. A veces mete en una caja distintas piezas de plástico o metal. ¡Es para construir un robot! Lima es compasiva. Cada vez que se cruza con alguien pidiendo ayuda en la calle, para dispuesta a ayudarlo.

Parece que el Año Nuevo y el calor del verano animaron a varias personas a refrescarse en la pileta que se encuentra ubicada en la Costa Verde de Chorrillos. ¡Benditos sean los valientes!, que no solo se atrevieron a cruzar los carriles de la vía rápida –poniendo en riesgo sus vidas– sino que –seguro sin saberlo y sin quererlo– se sumaban a la era de la rebelión ciudadana. La tan esperada revolución. La que ya había sido iniciada por los estudiantes de arquitectura y su toma del by-pass de 28 de Julio y por los ciclistas, cada vez más furiosos, pues las ciclovías que les ofrecen son los retazos –las sobras– de lo que queda de la ciudad.

Cuando una nueva etapa empieza solemos aprovecharla para organizarnos y empezar frescos. Muchos de ustedes están preparando sus agendas para el 2017 o proponiéndose hacer más ejercicio, tomar ocho vasos de agua al día y/o comer más sano. Un nuevo año es también una oportunidad para que nuestras autoridades empiecen con el pie derecho a planificar y ejecutar obras y políticas en nuestro beneficio. Por ello, si bien ha habido varias acciones positivas en el 2016, voy a concentrarme en una de ellas: el programa Al Damero de Pizarro sin Carro.

Que los temas urbanos se hayan puesto en la agenda del debate público es una buena noticia, pues permite un mayor involucramiento ciudadano y la discusión en profundidad de acciones y políticas que influyen en nuestra calidad de vida. Sin embargo, como en todo, es usual que personas con opiniones y percepciones particulares se encuentren en posiciones opuestas respecto a cómo solucionar un determinado problema de la ciudad.

Al grito de ¡Más amor! ¡Menos motor! y ¡Revolución peatonal YA!, los activistas de la Liga Peatonal (México), la fundación En los Zapatos del Peatón (Medellín, Colombia) y el superhéroe mexicano Peatónito visitaron la capital peruana y enfrentaron el tráfico nuestro de cada día y los muchos riesgos a los que nos vemos expuestos quienes caminamos en las calles limeñas.

Urbanista

Urbanista

Un incendio miserable acabó con las ilusiones de la comunidad shipibo-coniba. Al igual que a ellos, ya se habían ocupado de quitarnos las ilusiones de una ciudad que encontraba la oportunidad de transformar su río Rímac en un río de verdad, lleno de vida y color verde, en lugar de lo que hasta el momento nos ofrecen: una cloaca, un basurero que quieren mantener a como dé lugar.

Esta semana, Buenos Aires fue sede del Foro Internacional de Urbanismo y convocó a investigadores de distintas regiones. Allí se discutieron proyectos y modelos de ciudad de distintos tipos, pero con un denominador común: la mejora de las mismas. Es que quién no quiere que su ciudad sea un mejor lugar para vivir. Un lugar donde uno pueda caminar sin miedo, con oportunidades, con aire limpio, sin tráfico y sin la posibilidad de morir atropellado al ir hacia la bodega.

Luego de estar en Quito una semana participando de la conferencia mundial Hábitat 3, organizada por las Naciones Unidas, regresamos con muchas lecciones y una gran desesperanza. Lecciones por haber conocido múltiples experiencias positivas que podrían ser aplicadas en nuestras ciudades, pero también tristeza al ver cómo otras ciudades del mundo avanzan mientras que nosotros retrocedemos y somos incapaces de promover ciudades justas, sostenibles y humanas.

Recién terminada la Semana de la Movilidad Sostenible y las actividades por el Día Mundial sin Auto, podemos decir que se ha avanzado bastante en cuanto a promover la movilidad sostenible en la capital. A diferencia de hace unos años, hoy algunos distritos organizan bicicleteadas, foros y debates, y acciones de concientización para que los ciudadanos comprendamos que la prioridad debe tenerla el peatón, el ciclista y el transporte público. Quizá la acción más resaltante sea el Pacto por la Movilidad firmado entre San Isidro y varias instituciones y empresas de su distrito que se comprometen a implementar acciones con sus colaboradores para promover una movilidad más sostenible. Esto tiene sentido si conocemos que cada día entra un millón de personas a dicho distrito. Ciertamente, aún quedan muchos distritos a los cuales involucrar, además del Ministerio de Transporte.

Escribo esta columna mientras escucho charlas sobre innovación, equidad, espacios públicos y cómo hacer para que nuestras ciudades sean mejores lugares para vivir. Quería contarles sobre los increíbles proyectos, las metodologías y experiencias que he podido conocer aquí en el Placemaking Leadership Forum en Canadá, pero en estos pocos días en los que estoy lejos de Lima pasan cosas que merecen siquiera una reflexión.

Parece increíble que en esta época aún los ciudadanos tengamos que pelear con nuestras autoridades para defender derechos tan básicos como el uso libre de los espacios públicos, el reclamo a la transparencia y rendición de cuentas y la exigencia de una ciudad mejor, que no se deteriore con la colocación de un by-pass tras otro.

El descontento con los servicios de taxis en el mundo generó el surgimiento de aplicaciones de celulares que facilitan el contacto entre un pasajero con necesidad de ir a algún lado y una persona que puede trasladarlo. La tecnología, además, garantiza, al menos en el Perú, lo que nunca ha podido garantizar el Estado: rapidez en el recojo (gracias a la localización del GPS), seguridad (conductor y pasajeros saben quiénes son), confiabilidad (se puede calificar al pasajero y al chofer según su comportamiento y/o servicio), trazabilidad (la ruta se conoce y se registra) y eficiencia (con herramientas para tomar las rutas más rápidas o seguras). Los usuarios de las aplicaciones globales como Uber, Easy Taxi y Taxi Beat están mayoritariamente contentos y una gran porción de sus conductores también lo está: reciben pagos puntualmente, se sienten más seguros e incluso, dicen algunos, generan más ingresos.

El día de ayer terminó el Foro Internacional de Intervenciones Urbanas que organizamos junto al proyecto Ocupa Tu Calle del observatorio ciudadano Lima Cómo Vamos, la PUCP, Avina y ONU Hábitat. Fueron tres días intensos con muchas experiencias y que sirvieron para conocer a muchos ciudadanos y ciudadanas interesados en hacer de Lima una mejor ciudad. Entre las rutas y talleres que se organizaron hubo uno liderado por Lincoln Paiva, de Movilidad Verde de Sao Paulo, que nos interpeló sobre el arte de caminar y cómo el simple hecho de usar nuestras piernas para movernos de un lugar a otro es un acto de justicia social.

Beatriz se resigna a aguantar la combi apretada y lentísima que la llevará a casa. De pronto, el cobrador pregunta si alguien bajará en el puente. Si nadie baja, la combi cambiará la ruta y tomará un camino sin semáforos. En cambio, si alguien baja en el puente, la combi deberá seguir por el tráfico.

La muerte es inherente a la vida. Tarde o temprano la vida se acaba. Pero una cosa es morir como parte del proceso natural, y otra cosa es que te arrebaten la vida.

La semana pasada viajé por tierra a Oxapampa con mi familia. He tenido la suerte de haber viajado un poco por el país y conozco relativamente bien la zona central: Huancayo, Jauja, Tarma, San Ramón, La Merced y también Oxapampa y Pozuzo. Sin embargo, lo que más me llamó la atención de este viaje fue la Carretera Central. No estoy diciendo que se encuentre en excelentes condiciones, pero sí ha mejorado muchísimo en comparación con cómo era hace unos 10 años. Eso está muy bien. Por supuesto que es una vía con riesgos; las curvas cerradas no perdonan y un mal movimiento puede ser fatal. Sin embargo y, a pesar de algunos tramos en obras y la necesidad de mejor señalización, nos dimos una grata sorpresa.

Parece que aún no queda claro que el espacio público, siendo tan necesario y tan escaso, no puede ponerse a la venta. Parece que no es suficiente con el exponencial crecimiento urbano y la nula asignación de nuevos espacios verdes. Parece que no se dan cuenta de que cuando hay más gente, esta necesita de servicios apropiados en calidad y cantidad, y uno de estos servicios son los espacios públicos de la ciudad. ¿Por qué se considera “normal” cambiar una zonificación para tener más altura y es una locura cambiarla para que sea parque?

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